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| The Recluse |
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Celefais
H.P. Lovecraft En un sueño, Kuranes vio la ciudad del valle, y la costa que se extendía más allá, y el nevado pico que dominaba el mar, y las galeras de alegres colores que salían del puerto rumbo a lejanas regiones donde el mar se junta con el cielo. Fue en un sueño también, donde recibió el nombre de Kuranes, ya que despierto se llamaba de otra manera. Quizá le resultó natural soñar un nuevo nombre, pues era el último miembro de su familia, y estaba solo entre los indiferentes millones de londinenses, de modo que no eran muchos los que hablaban con él y recordaban quién había sido. Había perdido sus tierras y riquezas; y le tenía sin cuidado la vida de las gentes de su alrededor; porque él prefería soñar y escribir sobre sus sueños. Sus escritos hacían reír a quienes los enseñaba, por lo que algún tiempo después se los guardó para sí, y finalmente dejó de escribir. Cuanto más se retraía del mundo que le rodeaba, más maravillosos se volvían sus sueños; y habría sido completamente inútil intentar transcribirlos al papel. Kuranes no era moderno, y no pensaba como los demás escritores. Mientras ellos se esforzaban en despojar la vida de sus bordados ropajes del mito y mostrar con desnuda fealdad lo repugnante que es la realidad, Kuranes buscaba tan sólo la belleza. Y cuando no conseguía revelar la verdad y la experiencia, la buscaba en la fantasía y la ilusión, en cuyo mismo umbral la descubría entre los brumosos recuerdos de los cuentos y los sueños de niñez. No son muchas las personas que saben las maravillas que guardan para ellas los relatos y visiones de su propia juventud; pues cuando somos niños escuchamos y soñamos y pensamos pensamientos a medias sugeridos; y cuando llegamos a la madurez y tratamos de recordar, la ponzoña de la vida nos ha vuelto torpes y prosaicos. Pero algunos de nosotros despiertan por la noche con extraños fantasmas de montes y jardines encantados, de fuentes que cantan al sol, de dorados acantilados que se asoman a unos mares rumorosos, de llanuras que se extienden en torno a soñolientas ciudades de bronce y de piedra, y de oscuras compañías de héroes que cabalgan sobre enjaezados caballos blancos por los linderos de bosques espesos; entonces sabemos que hemos vuelto la mirada, a través de la puerta de marfil, hacia ese mundo de maravilla que fue nuestro, antes de alcanzar la sabiduría y la infelicidad. Kuranes regresó súbitamente a su viejo mundo de la niñez. Había estado soñando con la casa donde había nacido: el gran edificio de piedra cubierto de hiedra, donde habían vivido tres generaciones de antepasados suyos, y donde él había esperado morir. Brillaba la luna, y Kuranes había salido sigilosamente a la fragante noche de verano; atravesó los jardines, descendió por las terrazas, dejó atrás los grandes robles del parque, y recorrió el largo camino que conducía al pueblo. El pueblo parecía muy viejo; tenía su borde mordido como la luna que ha empezado a menguar, y Kuranes se preguntó si los tejados puntiagudos de las casitas ocultaban el sueño o la muerte. En las calles había tallos de larga yerba, y los cristales de las ventanas de uno y otro lado estaban rotos o miraban ciegamente. Kuranes no se detuvo, sino que siguió caminando trabajosamente, como llamado hacia algún objetivo. No se atrevió a desobedecer ese impulso por temor a que resultase una ilusión como las solicitudes y aspiraciones de la vida vigil, que no conducen a objetivo ninguno. Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía de la calle del pueblo en dirección a los acantilados del canal, y llegó al final de todo... al precipicio y abismo donde el pueblo y el mundo caían súbitamente en un vacío infinito, y donde incluso el cielo, allá delante, estaba vacío y no lo iluminaban siquiera la luna roída o las curiosas estrellas. La fe le había instado a seguir avanzando hacia el precipicio, arrojándose al abismo, por el que descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuros, informes sueños no soñados, esferas de apagado resplandor que podían ser sueños apenas soñados, y seres alados y rientes que parecían burlarse de los soñadores de todos los mundos. Luego pareció abrirse una grieta de claridad en las tinieblas que tenía ante sí, y vio la ciudad del valle brillando espléndidamente allá, allá abajo, sobre un fondo de mar y de cielo, y una montaña coronada de nieve cerca de la costa. Kuranes despertó en el instante en que vio la ciudad; sin embargo, supo con esa mirada fugaz que no era otra que Celefais, la ciudad del Valle de Ooth-Nargai, situada más allá de los Montes Tanarios, donde su espíritu había morado durante la eternidad de una hora, en una tarde de verano, hacía mucho tiempo, cuando había huido de su niñera y había dejado que la cálida brisa del mar lo aquietara y lo durmiera mientras observaba las nubes desde el acantilado próximo al pueblo. Había protestado cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron a casa; porque precisamente en el momento en que lo hicieron volver en sí, estaba a punto de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el cielo se junta con el mar. Ahora se sintió igualmente irritado al despertar, ya que al cabo de cuarenta monótonos años había encontrado su ciudad fabulosa. Pero tres noches después, Kuranes volvió a Celefais. Como antes, soñó primero con el pueblo que parecía dormido o muerto, y con el abismo al que debía descender flotando en silencio; luego apareció la grieta de claridad una vez más, contempló los relucientes alminares de la ciudad, las graciosas galeras fondeadas en el puerto azul, y los árboles gingco del Monte Arán mecidos por la brisa marina. Pero esta vez no lo sacaron del sueño; y descendió suavemente hacia la herbosa ladera como un ser alado, hasta que al fin sus pies descansaron blandamente en el césped. En efecto, había regresado al valle de Ooth-Nargai, y a la espléndida ciudad de Celefais. Kuranes paseó en medio de yerbas fragantes y flores espléndidas, cruzó el burbujeante Naraxa por el minúsculo puente de madera donde había tallado su nombre hacía muchísimos años, atravesó la rumorosa arboleda, y se dirigió hacia el gran puente de piedra que hay a la entrada de la ciudad. Todo era antiguo; aunque los mármoles de sus muros no habían perdido su frescor, ni se habían empañado las pulidas estatuas de bronce que sostenían. Y Kuranes vio que no tenía por qué temer que hubiesen desaparecido las cosas que él conocía; porque hasta los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como él los recordaba. Cuando entró en la ciudad, y cruzó las puertas de bronce, y pisó el pavimento de ónice, los mercaderes y camelleros lo saludaron como si jamás se hubiese ausentado; y lo mismo ocurrió en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes, adornados con guirnaldas de orquídeas le dijeron que no existe el tiempo en Ooth-Nargai, sino sólo la perpetua juventud. A continuación, Kuranes bajó por la Calle de los Pilares hasta la muralla del mar, y se mezcló con los mercaderes y marineros y los hombres extraños de esas regiones en las que el cielo se junta con el mar. Allí permaneció mucho tiempo, mirando por encima del puerto resplandeciente donde las ondulaciones del agua centelleaban bajo un sol desconocido, y donde se mecían fondeadas las galeras de lejanos lugares. Y contempló también el Monte Arán, que se alzaba majestuoso desde la orilla, con sus verdes laderas cubiertas de árboles cimbreantes y con su blanca cima rozando el cielo. Más que nunca deseó Kuranes zarpar en una galera hacia lejanos lugares, de los que tantas historias extrañas había oído; así que buscó nuevamente al capitán que en otro tiempo había accedido a llevarlo. Encontró al hombre, Athib, sentado en el mismo cofre de especias en que lo viera en el pasado; y Athib no pareció tener conciencia del tiempo transcurrido. Luego fueron los dos en bote a una galera del puerto, dio órdenes a los remeros, y salieron al Mar Cerenerio que llega hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron por las aguas ondulantes, hasta que al fin llegaron al horizonte, donde el mar se junta con el cielo. No se detuvo aquí la galera, sino que siguió navegando ágilmente por el cielo azul entre vellones de nube teñidos de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes divisó extrañas tierras y ríos y ciudades de insuperable belleza, tendidas indolentemente a un sol que no parecía disminuir ni desaparecer jamás. Por último, Athib le dijo que su viaje no terminaba nunca, y que pronto entraría en el puerto de Sarannian, la ciudad de mármol rosa de las nubes, construida sobre la etérea costa donde el viento de poniente sopla hacia el cielo; pero cuando las más elevadas de las torres esculpidas de la ciudad surgieron a la vista, se produjo un ruido en alguna parte del espacio, y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres. Después, Kuranes buscó en vano durante meses la maravillosa ciudad de Celefais y sus galeras que hacían la ruta del cielo; y aunque sus sueños lo llevaron a numerosos y espléndidos lugares, nadie pudo decirle cómo encontrar el Valle de Ooth-Nargai, situado más allá de los Montes Tanarios. Una noche voló por encima de oscuras montañas donde brillaban débiles y solitarias fogatas de campamento, muy diseminadas, y había extrañas y velludas manadas de reses cuyos cabestros portaban tintineantes cencerros; y en la parte más inculta de esta región montañosa, tan remota que pocos hombres podían haberla visto, descubrió una especie de muralla o calzada empedrada, espantosamente antigua, que zigzagueaba a lo largo de cordilleras y valles, y demasiado gigantesca para haber sido construida por manos humanas. Más allá de esa muralla, en la claridad gris del alba, llegó a un país de exóticos jardines y cerezos; y cuando el sol se elevó, contempló tanta belleza de flores blancas, verdes follajes y campos de césped, pálidos senderos, cristalinos manantiales, pequeños lagos azules, puentes esculpidos y pagodas de roja techumbre, que, embargado de felicidad, olvidó Celefais por un instante. Pero nuevamente la recordó al descender por un blanco camino hacia una pagoda de roja techumbre; y si hubiese querido preguntar por ella a la gente de esta tierra, habría descubierto que no había allí gente alguna, sino pájaros y abejas y mariposas. Otra noche, Kuranes subió por una interminable y húmeda escalera de caracol, hecha de piedra, y llegó a la ventana de una torre que dominaba una inmensa llanura y un río iluminado por la luna llena; y en la silenciosa ciudad que se extendía a partir de la orilla del río, creyó ver algún rasgo o disposición que había conocido anteriormente. Habría bajado a preguntar el camino de Ooth-Nargai, si no hubiese surgido la temible aurora de algún remoto lugar del otro lado del horizonte, mostrando las ruinas y antigüedades de la ciudad, y el estancamiento del río cubierto de cañas, y la tierra sembrada de muertos, tal como había permanecido desde que el rey Kynaratholis regresara de sus conquistas para encontrarse con la venganza de los dioses. Y así, Kuranes buscó inútilmente la maravillosa ciudad de Celefais y las galeras que navegaban por el cielo rumbo a Seranninan, contemplando entretanto numerosas maravillas y escapando en una ocasión milagrosamente del indescriptible gran sacerdote que se oculta tras una máscara de seda amarilla y vive solitario en un monasterio prehistórico de piedra, en la fría y desierta meseta de Leng. Al cabo del tiempo, le resultaron tan insoportables los desolados intervalos del día, que empezó a procurarse drogas a fin de aumentar sus periodos de sueño. El hachís lo ayudó enormemente, y en una ocasión lo trasladó a una región del espacio donde no existen las formas, pero los gases incandescentes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta le dijo que esta parte del espacio estaba al exterior de lo que él llamaba el infinito. El gas no había oído hablar de planetas ni de organismos, sino que identificaba a Kuranes como una infinitud de materia, energía y gravitación. Kuranes se sintió ahora muy deseoso de regresar a la Celefais salpicada de alminares, y aumentó su dosis de droga. Después, un día de verano, lo echaron de su buhardilla, y vagó sin rumbo por las calles, cruzó un puente, y se dirigió a una zona donde las casas eran cada vez más escuálidas. Y allí fue donde culminó su realización, y encontró el cortejo de caballeros que venían de Celefais para llevarlo allí para siempre. Hermosos eran los caballeros, montados sobre caballos ruanos y ataviados con relucientes armaduras, y cuyos tabardos tenían bordados extraños blasones con hilo de oro. Eran tantos, que Kuranes casi los tomó por un ejército, aunque habían sido enviados en su honor; porque era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, motivo por el cual iba a ser nombrado ahora su dios supremo. A continuación, dieron a Kuranes un caballo y lo colocaron a la cabeza de la comitiva, y emprendieron la marcha majestuosa por las campiñas de Surrey, hacia la región donde Kuranes y sus antepasados habían nacido. Era muy extraño, pero mientras cabalgaban parecía que retrocedían en el tiempo; pues cada vez que cruzaban un pueblo en el crepúsculo, veían a sus vecinos y sus casas como Chaucer y sus predecesores les vieron; y hasta se cruzaban a veces con algún caballero con un pequeño grupo de seguidores. Al avecinarse la noche marcharon más deprisa, y no tardaron en galopar tan prodigiosamente como si volaran en el aire. Cuando empezaba a alborear, llegaron a un pueblo que Kuranes había visto bullente de animación en su niñez, y dormido o muerto durante sus sueños. Ahora estaba vivo, y los madrugadores aldeanos hicieron una reverencia al paso de los jinetes calle abajo, entre el resonar de los cascos, que luego desaparecieron por el callejón que termina en el abismo de los sueños. Kuranes se había precipitado en ese abismo de noche solamente, y se preguntaba cómo sería de día; así que miró con ansiedad cuando la columna empezó a acercarse al borde. Y mientras galopaba cuesta arriba hacia el precipicio, una luz radiante y dorada surgió de occidente y vistió el paisaje con refulgentes ropajes. El abismo era un caos hirviente de rosáceo y cerúleo esplendor; unas voces invisibles cantaban gozosas mientras el séquito de caballeros saltaba al vacío y descendía flotando graciosamente a través de las nubes luminosas y los plateados centelleos. Seguían flotando interminablemente los jinetes, y sus corceles pateaban el éter como si galopasen sobre doradas arenas; luego, los encendidos vapores se abrieron para revelar un resplandor aún más grande: el resplandor de la ciudad de Celefais, y la costa, más allá; y el pico que dominaba el mar, y las galeras de vivos colores que zarpan del puerto rumbo a lejanas regiones donde el cielo se junta con el mar. Y Kuranes reinó en Ooth-Nargai y todas las regiones vecinas de los sueños, y tuvo su corte alternativamente en Celefais y en la Serannian formada de nubes. Y aún reina allí, y reinará feliz para siempre; aunque al pie de los acantilados de Innsmouth, las corrientes del canal jugaban con el cuerpo de un vagabundo que había cruzado el pueblo semidesierto al amanecer; jugaban burlonamente, y lo arrojaban contra las rocas, junto a las Torres de Trevor cubiertas de hiedra, donde un millonario obeso y cervecero disfruta de un ambiente comprado de nobleza extinguida. |
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La más famosa de cuantas ciudades inventó Lovecraft. Es hogar de la Universidad Miskatonica, existe también una Sociedad Histórica de Arkham y un Manicomnio. Tambien cuenta con un periódico: The Arkham Gazette . En “En las montañas de la Locura", el Arkham es uno de los balleneros de la expedición Antártica. HPL lovecraft dibujó un mapa de la ciudad al menos tres veces (lo estoy buscando).
Will Murray conjeturó que originalmente Arkham estaba situado en Massachussets central y que su nombre, posiblemente, se derivaría de la pequeña población de Oakham. Investigaciones posteriores a cargo de Robert D. Marten revelan esta teoría como bastante improbable. Marten sostiene que Arkham siempre estuvo localizada más al norte y, (como HPL dijo en repetidas veces) es una recreación ficticia de la ciudad de Salem. Lovecraft escribe: “Mi cuadro mental de Arkham es el de una ciudad parecida a Salem en atmósfera y estilo arquitectónico, pero más abrupta (Salem es llana excepto en Gallows Hill, barrio situado fuera de la ciudad en sí) y con una universidad (que Salem no tiene). El trazado de las calles nada tiene que ver con Salem. En lo referente a la localización de Arkham - me imagino que la ciudad y el imaginario Miskatonic estarían en algún lugar al norte de Salem- quizás cerca de Manchester (Massachussets). Pienso que la ciudad está un poco alejada del mar, pero con un profundo canal fluvial con un puerto en él.” (HPL carta a F. Lee Baldwin, 29 de Abril de 1934) Marten piensa que el nombre “Arkham” procede de “Arkwrigth”, una ciudad en Rhode Island, en esto días absorbida por Fiskville. HPL declaró una vez que “El Horror de Dunwich” pertenecía al “Ciclo de Arkham” (recuérdese que el término “Mitos de Cthulhu” como aglutinador de algunos de los relatos de HPL fue inventado por August Derleth posteriormente), aunque el significado de esa denominación no está del todo claro. Quizás HPL se refería a que gran parte de sus relatos más recientes ocurrían en dicha ciudad. |
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El punto clave de los mitos de Cthulhu es uno muy sencillo: no hay esperanza. Conviviendo con la humanidad hay unos seres ajenos a nuestra lógica que, de un soplido, pueden destruir nuestro universo, y ni siquiera será por malicia o por accidente, porque sus mentes son, sencillamente, insondables. Las leyes de la lógica tampoco pueden nada contra ellos, y cuanto más sabemos de su naturaleza, menos cordura nos resta y, al final, sólo podemos aspirar a escondernos y sollozar antes de la llegada del fin de los tiempos. "Lovecraft y el espejo victoriano" |
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Aquí sigo incombustible en mi oscuro reino literario rodeado de sabia soledad.
El Recluso |
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Grito de lujuria dolorosa, entregado de mi egos, en el interior de la almenara en torbellino de sonido
TULU IOG SETOT AZATOT islas sin forma de materia primigenia en el espacio sensitivo [sex-invocation of the great old ones (23 nails) by stephen sennitt] El Recluso |
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El 20 de agosto de 1890 nació el insigne Autor de lo Fantástico, Howard Phillips Lovecraft.
Es de esperar que se hagan todos los preparativos para celebrar esta Efemérides. |
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II. Parte
Edgar Allan Poe tuvo una gran influencia sobre Lovecraft en los años formativos. Howard inconcientemente imitó su estilo en algunas pocas historias, a tal grado que, si uno no lo conociera, su The Outsider podría pasar fácilmente por una historia “olvidada” de Poe. La semejanza con The Masque of the Red Death (La Máscara de la Muerte Roja) es obvia. Pero sus rasgos personales raramente se encontrarían en terreno común. HPL no poseía ninguna de los vicios de Poe como su adicción al alcohol, las drogas, y la autocompasión. La erudición de Lovecraft era muy real; la de Poe una gran farsa. Por otro lado, envuelto en el capullo de la charlatanería de Poe yacía el genio, mientras que HPL solo tenía un talento inusual. La personalidad de Lovecraft era más como la de Hawthorne. Los paralelismos son frecuentemente notables. Salem, alguna vez un puerto floreciente, se estaba convirtiendo en un terreno baldío para los tiempos de Hawthorne; gruesas malas hierbas crecían en los muelles, y los mojones criaban moho en sus topes. Alguna vez acostumbrados a regocijarse con los marinos que contaban asombrosas historias de islas de caníbales, la gente estaba taciturna y se retiraba a los cónclaves. Observaban desde sus casas góticas de muchos gabletes, ahora carcomidas e invadidas de moho, y se aventuraban poco, porque ellos estaban muertos en vida en efecto. Las arañas abundaban en todas partes, y la gente estaba encerrada en telarañas mentales. Era un pueblo que inspiraba horribles historias. Las leyendas de brujas nunca murieron completamente. El almacenaje y el pelo corto eran de reciente data. En los vallecitos cercanos, se decía, misas negras aún se realizaban. El joven Nathaniel, el chico homosexual de los Hawthorne, creía detectar a menudo fantasmas en el puerto. Podían ser vistos solo con el rabillo de los ojos. Hawthorne de niño fue muy parecido al joven Howard. Ponía atención a la conversación de las campanas, amaba las sombras negras proyectadas por las colinas, vigilaba como los árboles mutaban y se transfiguraban en el río calmo, amaba las cavernas y los tocones en putrefacción, la luz de la tarde delineaba su figura solitaria, el efecto de la luz de luna la remarcaba aún más. A menudo visitaba Gallows Hill, e imaginaba las “brujas” condenadas acarreadas lentamente a su último destino. Leía a Tieck y Hoffmann e ideaba cuentos similares en su imaginación. Salem, también, era una fantasía encantada para Howard. Allí situaba sus cofradías de brujas -muy profundas en cuevas subterráneas. Era especialmente sensitivo a los efectos atmosféricos y se deleitaba cuando él u otros escritores mostraban una continuidad en el pasado. La mayoría de los fantasistas son ineptos al describir los detalles físicos de los mundos de su imaginación. Son tierras ígnotas y mal definidas, su atmósfera meros estado de conciencia. Para las muchas novelas de Poictesme de Branch Cabell, ningún lector pudo dibujar un mapa que la tierra o decir en qué diferían de otros mundos. Pero la Nueva Inglaterra de Howard llega al lector tan íntimamente como el Dublin de Joyce. Toda la vieja Nueva Inglaterra fue la provincia de Howard. Conocía detalles de su historia que la mayoría de los historiadores ha olvidado. La amaba con pasión (tanto como pudiera sentirla -públicamente clamaba que la emoción era tan inadmisible para él como la desnudez en la Boston Common-, y su amor por las tradiciones lo traicionado hasta el extremo de sentir hostilidad hacia todos aquellos elementos “foráneos” que creía podrían interrumpir o destruir aquellas tradiciones. En su juventud fue violentamente antisemita, sus puntos de vista sobre la materia se fueron gradualmente modificando con la correspondencia con judíos como el talentoso joven Robert Bloch. Debido a que la sociedad de Boston era tan agriamente contraria a Sacco y Vanzetti, nunca pudo ser persuadido de su inocencia. Como las rocas y el hielo de Nueva Inglaterra, así son sus habitantes; en las historias de Lovecraft uno siempre siente que su Nueva Inglaterra es una comunidad cerrada, cautelosos y hostiles con los extraños , como en The Summer People (La Gente del Verano) de Shirley Jackson: la gente era endógena y tenía unos muy extraños ancestros. Es curioso que Lovecraft, siempre identificado con Nueva Inglaterra, perito en su historia y estudioso de sus giros idiomáticos, nunca le fue posible crear nativos de este condado convincentes para sus historias, sino puras viñetas; mientras que por otro lado Edith Warton, visitante ocasional, escribió sobre el paisaje de Nueva Inglaterra en un tour de force a diferencia de cualquiera de sus otros trabajos. Más como les contes cruels, Ethan Frome no es realmente una semblanza de lo verdadero, pero posee una asombrosa verosimilitud. El lector no puede olvidar las tres desgraciadas figuras de la srta. Wharton; en cambio, no puede recordar los nombres de los personajes de Lovecraft. Porque las historias de HPL se sitúan en un mundo de la imaginación casi completamente divorciado de la realidad. Cuando el mundo moderno se arrastra dentro, aún muy débilmente, uno se sorprende: recuerdo haberlo congratulado en una carta sobre la introducción de un fonógrafo en The Whisperer in Darkness (El que murmura en la Oscuridad); parecía tan anacrónico allí como en cualquier obra de Voltaire. El mismo Lovecraft escribió, en una carta del 27 de Octubre de 1932: “Cada vez que incluyo un detalle realista es con un gran esfuerzo -y más importante aún, simplemente no tengo nada que decir sobre cualquier campo fuera de lo no-real. No tengo la aguda sensibilidad para el drama de la vida actual.” La modernidad casi no es permitida en sus escenarios; de esta forma las historias podrían estar escritas en tiempos de Walpole o Maturin. El Nueva York moderno -un horror para él- y la moderna Nueva Inglaterra, con dialectos cuidadosamente reproducidos pero torpes, están vívidamente recreadas, y Lovecraft fue cuidadoso en mantener su ciencia ficción dentro de las posibilidades del pensamiento científico contemporáneo; pero el sentimiento y sabor de los cuentos son estrictamente del siglo dieciocho. El siglo dieciocho fue, en efecto, el amor especial de Lovecraft. Su estilo estaba influenciado por el de los escritores del siglo dieciocho, uno de los más gráciles períodos en la literatura inglesa; el brocado de su estilo fue lo que más enfurecía a críticos como Fletcher Pratt. Howard gustaba de imaginarse trasladado al siglo dieciocho y ser parte de sus modos, pelucas y todo; y, probablemente por esta razón, estimaba Berkeley Square por sobre todos los otros films que hubiera visto. Pero imagino que ese siglo pronto hubiera hartado a Howard. Como la mayoría de los fantasistas, él solo se sentía en casa en su mente y hogar y entre extraños libros. El alto Howard se sentaría en su hogar, saboreando las penumbras. Su gato vagaría frente a él de tanto en tanto, oliscando entre los libros viejos y quizás saltando hasta el escritorio donde su maestro escribía sus manuscritos y cartas en su pequeña, casi microscópica, escritura. (Howard empleaba la máquina de escribir solo cuando era absolutamente necesario). Howard acariciaría el gato ausentemente, su mente en cualquier otro lado. Sería muy díficil para un crítico bosquejar un retrato hostil de Lovecraft. Podría empezar por su apariencia. Con su demacrada y huesuda faz y cadavérica silueta, Howard podría haber posado para su The Outsider. La cara no parecía muy distinta del héroe representado por Max Von Sidow en la película El Séptimo Sello de Bergman; el mentón como el de Meyerbeer. Una faz del siglo dieciocho: la faz de Horace Walpole era similar pero más afeminada. Era un rostro que raramente sonreía; aún cuando disfrutara en un banquete, Howard parecía aplastado por la melancolía. Su aversión al frío ha sido citada como una de sus sorprendentes fobias. La razón no era sicológica como fisiológica. Cuando alguien es extremadamente delgado e inclinado hacia la anemia uno siente intensamente el frío. Howard salía a la calle cuando la temperatura subía a los 20 grados; y cuando uno considera la dureza de los inviernos de Nueva Inglaterra se da cuenta que HPL pasaba la mayoría de los inviernos en casa. Su historia At The Mountains of Madness (En las Montañas de la Locura) es mencionada frecuentemente cono un buen ejemplo de la aversión de HPL al frío; pero que si se lee de cerca no revela nada de ello. Paradógicamente, Lovecraft estaba fascinado con la idea de las expediciones polares y leía extensamente sobre ellas; él mismo hubiese querido ser parte de alguna expedición, tanto como lo permitiese su salud, porque la idea le apetecía como aventurosa y completamente masculina, para así repudiar a su madre. La novela estaba planeada como una clase de secuela de Narrative of A. Gordon Pym de Poe (situándola entre los cuentos de los Mitos de Cthulhu) y Howard tuvo extraordinario esmero en obtener información científica exacta. Cuando objeté la refrigerada prosa de la historia, HPL se deleitó, debido a que sentía haber alcanzado la objetividad e impersonalidad del estilo de los informes científicos. Lovecraft dudaba del título, sintiendo que era excesivamente melodramático; sabía que lo había tomado de algo que había leído, pero por única vez su memoria le fallaba. Cuando le dije que era una nota de Dunsany se sintió aliviado y decidió retener el título. Lovecraft no era, como se ha clamado, indiferente a la comida. Era solo que sus gustos devenían sustancialmente de su niñez, cuando su madre se esforzaba por complacer su paladar. Conociendo su aversión a la leche (de la cual los siquiatras dicen mucho), ella la mezclaba con vainilla y chocolate para disfrazar su sabor; aún así él la aceptaba a duras penas. Era extraordinariamente aficionado al helado de crema y se salía de su rutina para probar todos los sabores disponibles, prefiriendo el de café y vainilla. Una vez me escribió, “¿Cómo a alguien puede desagradarle el de queso?” Cuando escribí que no soportaba el sabor de maple porque era muy relajante, replicó que nada era más dulce para él. Su desagrado por la comida de mar ha sido considerada altamente simbólica por algunos comentadores, quienes lo relacionan con su “odio” por el mar. El tema me parece muy simple: HPL le desagradaba la comida de mar por la misma razón que yo... porque tiene un gusto horrible. Para probar la autenticidad de este desagrado, uno de mis consejos fue mezclar algo de pescado desmenuzado en la ensalada; luego que la probó, Lovecraft puso la ensalada a un lado, creyendo que se había estropeado. Mucho se ha dicho del supuesto odio de Lovecraft hacia el mar. Creo que solo existe en la mente de los comentaristas, que confunden el material para sus historias con el hombre. Es verdad que Lovecraft escribió muchos cuentos de horror en el mar. Y qué, también lo hicieron Conrad y William Hope Hodgson. Es curioso que una persona que supuestamente detesta el mar viva toda su vida en lugares en los que nunca se está lejos del sonido del mar; aún en sus viajes, Howard raramente se aventuró más allá de lugares que estuvieran situados cerca de grandes masas de agua : New Orleans y Cleveland y Quebec y Florida. Puede que haya sufrido de claustrofobia. Este miedo es más evidente en su historia de masas pulsantes de la ciudad de Nueva York, The Horror at Red Hook, que también se puede detectar en sus historias de tumbas y bóvedas y otros terrores subterráneos. El sentimiento de humedad opresiva, de aire fétido, sumerge al lector de su Imprisoned with the Pharaohs (escrita por el alma de Houdini) o The Case of Charles Dexter Ward; y las historias de los Mitos de Cthulhu abundan en puertas secretas y pasadizos que llevan a las profundidades de la tierra. Lo más terrorífico de todos los relatos de Lovecraft es aquel horror que trata con lo subterráneo: el hombre-bestia alzándose por comida en The Rats in the Walls, el enorme monstruo subterráneo de The Shuttered House, el horrible Outsider, la cosa que hablaba por el tubo en The Statement of Randolph Carter, los cuerpos reanimados de In the Vault y otros. Pero de nuevo debemos demostrar precaución; aún niño, Howard amaba las cavernas, y es bastante posible que compartiera con Poe la fascinación necrofílica por los muertos. Gustaba visitar los viejos cementerios. Quizás incluso su estado de ermitaño, como el de Hawthorne, esté exagerado. Él no podía separarse tan fácilmente de la humanidad tanto tiempo. Su silencioso retiro del mundo fue prematuro. No lo quiso, pero el mundo era demasiado inoportuno. Podía llevar su sombra a la luz del día, pero no podía acallar los ruidos y los olores. Su sueño era continuamente interrumpido. Como recluso, fue meramente el tímido chiquillo que había sido. Se ocultaba de los visitantes por temor a ser rechazado. Podría haber oído de los labios de su madre lo feo que era otra vez... Aún así buscaba compañía. Y quizás sus viajes nocturnos fueran una búsqueda inconsciente de éso. La noche proveía la invisible excusa a través de la cual podía mirar directamente a la gente. En la inmensidad de la noche, cuando nadie está tan demasiado cerca tuyo y todo parece fresco y transformado y las estrellas dan vueltas en lo alto, puedes ponderar tu lugar en el esquema universal, estas libre para abandonarte a tus pensamientos; la pequeñez se ha ido, tu paso es aventuroso. Te preguntas sobre la secreta vida detrás de las puertas iluminadas por fanales, y te detienes brevemente fantaseando sobre sus moradores. Esta casa abandonada y atemorizante con su patio de agrias exhudaciones: aquí tienes una idea para una historia, The Shuttered House. Oyes la canción íntima del viento y del agua lamiendo los muelles. Te detienes largamente en el cementerio: aquí vienen muchas más ideas para historias. La noche es necesaria para tí. Pero cuando un paseante mira curiosamente hacia tí, te empequeñeces, y comienzas a pensar en ghouls u otras criaturas rechazadas. Lovecraft nunca erigió la invisible muralla del esquizofrénico entre él y el resto del mundo. A pesar del condicionamiento de su madre y el mutismo de Nueva Inglaterra, tenía instinto gregario. De adolescente, como he previamente anotado, tomaba parte en grupos de canto; solía visitar a E. Hoffman Price en Nueva Orleans muy seguido y hablar largas horas con él; iba a menudo a Nueva York a saludar un amigo escritor, Frank Belknap Long, y se permitía a sí mismo ver los últimos estrenos cinematográficos; fue miembro durante años de un grupo de escritores aficionados e incluso fue elegido presidente. Todo ésto coincide difícilmente con la caricatura de algunos fans que tenían de él: un personaje largo y delgado que correteaba en oscuros callejones. Debe ser dicho que si HPL no hubiera invertido tanto tiempo con la correspondencia con oscuros escritores jóvenes seguramente hubiera tenido el tiempo para escribir más, y llegar a ser el gran escritor que potencialmente demostraba ser; sus retornos financieros hubiesen sido en cualquier caso muchos más grandes. Los miembros del Círculo de Lovecraft mentalmente se castigaban al saber que Lovecraft virtualmente se moría de hambre para tener dinero para el franqueo postal y el papel de escribir. Aún así sus corresponsales le fueron necesarios: necesitaba de su admiración para reforzar su siempre debilitado ego, necesitaba su amistad de papel a la vez que no resultaban ser amigos, necesitaba su narración de eventos externos para mantenerse actualizado en algún grado con el mundo. Floreció bajo esta cúpula protectora hasta el punto de hacer largos viajes a estados lejanos y aún en una ocasión se reunió con sus corresponsales; emergiendo desde su concha. Y la misma correspondencia fue mejor: HPL estaba en la línea de los grandes escritores epistolares como Horace Walpole. Así HPL invitaba más a la veneración que al sentimiento de amistad; sus entrañables firmas, como “Abuelo Teobaldo”, a la vez que intentaban ser humorísticas, servían para mantener a sus corresponsales a distancia, sólo por la edad (los más jóvenes pensaban en él como un viejo, aún cuando solo tenía cuarenta y siete cuando murió) ; y es posible, aunque no lo creo, que usase su conocimiento casi enciclopédico como una arma inconsciente para repeler cualquier sentimiento de igualdad. Desalentaba la intimidad; es casi impensable que escribiese chistes subidos de tono. Mi padre trajo a la casa el primer número de Weird Tales en 1923, cuando tenía once años, y la revista me abrió a un nuevo mundo. Leí ávidamente cada número. Pronto tuve favoritos entre los autores, y el mas destacado era H.P. Lovecraft. Me pareció una figura altamente misteriosa. Farnsworth Wright, el editor, nada divulgaba sobre el staff estable de sus escritores, y a menudo meditaba cómo podría ser Lovecraft. ¡Por alguna característica de su estilo llegué a la conclusión que era un sacerdote! No reuní coraje para escribirle hasta 1931, luego de intentar infructuosamente alguna ficción de espanto. Esperaba a lo mejor algunas pocas líneas de reconocimiento. Virtualmente me desconcertó cuando llegó la primera carta de Lovecraft. Era casi un manuscrito en sí mismo -veinte páginas escritas por ambos lados en una escritura tan diminuta que Lovecraft conseguía decir más por página que con el uso de una máquina de escribir. Era una carta tan amistosa, tan considerada en responder todas las preguntas que hice, tan lúcida al analizar los escritores que mencioné, tan alentadora para con mis esfuerzos literarios que difícilmente pude esperar contestarle. Y las cartas continuaron llegando a través de los años. La correspondencia de Lovecraft era fascinante. Lo primero que impresionaba en él era su erudición. Leía sobre todas las ciencias y las artes y retenía en su asombrosa memoria casi todo. No importaba cual fuera el tema, desde arquitectura hasta zoología, su conocimiento parecía enciclopédico -de tal forma que cada corresponsal encontraba en él un experto que sabía más sobre su especialidad incluso. Howard conocía los clásicos tan a fondo que nos sentíamos ultrajados yo y otros jóvenes escritores por descuidarlos en favor de las obras modernas. Tenía un vasto conocimiento de los lenguajes no solo griego y latín, sino también de algunos más modernos; incluso sabía algo de Bantú. Para una de mis historias recurría a mi deficiente castellano, y Howard inmediatamente corrigió mis errores. Cada vez que alguno de los escritores de Weird Tales necesitaba de una inscripción latina que sonase amenazadora, consultaban con Howard; un joven colegiado en latín llegó a mantener correspondencia con él en ese lenguaje. Como anticuario, Howard era especialmente conocedor de la historia y podía establecer los errores en los espectáculos “históricos” de Hollywood. Pero lo que al final sostenía la correspondencia de Lovecraft era su personalidad. El estilo de las cartas era relajado -escribía exactamente como hablaba- y tenían un tono intimista que nunca se permitiría en sus muchos más formales cuentos. Tenía un sentido del humor que las historias nunca revelaron y podía ser inesperadamente ingenioso. El ingenio muy frecuentemente estaba a expensas suyo; algunas veces hacía dibujos para ilustrar sus defectos, incluso hizo un muy devastador autorretrato en una de sus cartas a mí. Howard no tenía el egoísmo o la punzante pomposidad del profesor colegiado; era modesto hasta la exasperación. Era su peor crítico literario; estaba tan consciente de sus defectos reales o imaginados que desesperaba y dudaba de continuar escribiendo, y frecuentemente rechazaba enviar manuscritos que considerara inacabados. Era sorprendentemente generoso. La habilidad de ser impetuosamente generoso -una de las pocas virtudes de los ricos- se encuentra muy raramente en los pobres, los cuales, aunque sientan compasión por sus propias tribulaciones, tienen que contar los peniques para mantener sus familias libres del hambre; este sentimiento de caridad hacia los demás desgasta los medios económicos y genera indignos apremios. Lovecraft era tan pésimamente pagado por sus escritos que limitaba su presupuesto para comer a un dólar diario, haciendo que su frágil constitución se debilitara más de lo que estaba. Si un corresponsal mencionaba algún libro que deseara leer y que Howard tuviera en su biblioteca, se le enviaba por correo inmediatamente. Howard se ganaba a duras penas la existencia revisando los trabajos de otros contribuyentes de Weird Tales (los cuales resultaban tan transformados en el proceso que las historias eran mucho más de Lovecraft que de los escritores nominales). Aún así sus corresponsales le continuaron enviando sus manuscritos para su crítica. No importara cuán malo era, Howard siempre encontraba algo alentador que decir de ellos -y muy frecuentemente revisaba párrafos enteros sin cargo alguno. No es extraño que los miembros del así llamado “Círculo de Lovecraft” tan cálidos y fieramente protectores hacia él. Sin su aliento, es muy probable que algunos de ellos hubieron cesado de escribir enteramente, para el mercado principal de estas historias, Weird Tales, que pagaba solo un centavo la palabra, contra publicación, y que estaba regido por los caprichos idiosincráticos del editor, Farnsworth Wright, quien rechazara algunas veces un manuscrito dos o tres veces antes de aceptarla. Aunque posiblemente el escritor más popular de la revista, HPL nunca disfrutó del favor de Wright; Wright podía rechazar una historia como “muy horrible” para luego, años más tarde, preguntar por ella para su publicación. Muchas de las historias de Lovecraft no contaron con la aprobación de Wright; tuvieron que esperar a aparecer grátis en revistas de aficionados o como publicación póstuma. La muerte de Howard resultó un profundo choque para mí y para todos sus corresponsales. Robert Bloch escribió que, de haber sabido que estaba muriendo, se hubiese arrastrado sobre sus manos y rodillas si fuese necesario para alcanzar su lecho. Escritores que raramente escribieron poesía fueron inspirados para escribir poemas conmemorativos, las revistas de aficionados hicieron números especiales en su memoria, y los editores que constantemente desdeñaron sus manuscritos -Lovecraft solamente publicó un libro durante su vida, La Sombra sobre Innsmouth, impreso en forma privada- mostraron un trasnochado interés. Si los trabajos de Lovecraft son juzgados en términos del gran arte, obviamente fallarían; y es Lovecraft mismo el primero en reconocerlo. Pero se debe recordar que el mercado para el que escribía era muy mal pagado por las revistas pulps y que sus lectores no estaban interesados en sutilezas o florituras de estilo. Lovecraft reconoció sus limitaciones, y escribió dentro de ellas. (1) Este artículo está extraído de un libro recopilatorio de la correspondencia entre Lovecraft y su círculo. Selected Letters 1911-1924, Arkham House, 1966. T.O. : H.P. Lovecraft : The House and the Shadows, by J. Vernon Shea. © Mercury Press Inc., 1966. |
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I. Primera Parte
El nombre de Howard Philips Lovecraft, ignorado durante su vida excepto para un selecto círculo de devotos, adquirió su fama en forma póstuma. Ha sido maldecido y elogiado como escritor de ficción gótica. August Derleth siempre se refiere a él como “el gran difunto H.P.Lovecraft”, y muchos lectores hacen eco de este sentimiento. El punto de vista de Derleth es quizás muy partidista, ya que fue amigo y corresponsal de Lovecraft durante muchos años, y ahora es albacea de su herencia; la casa editora de Derleth, Arkham House (nombre derivado del pueblo ficticio de Lovecraft) fue establecida principalmente para publicar los escritos de Lovecraft. Por otra parte, numerosos críticos, entre los que se cuentan Edmund Wilson, Fletcher Pratt, L. Sprague de Camp, Kingsley Amis y Charles Beaumont, han sido especialmente hostiles hacia Lovecraft y su trabajo. Damon Knight, en una crítica a uno de los libros de Lovecraft, se refiere a él como “un recluso neurasténico, erudito, fastidioso, y estirado,” y esta es la impresión que la mayoría de los lectores recibe. Hay algo de razón en dicha aseveración, pero solo un poco. Existe un lado muy oscuro sin revelar completamente hasta el momento de la publicación de estas cartas seleccionadas (1). Lovecraft logró escribir cartas intensas y maravillosas. Yo lo sé. Me escribió desde 1931 hasta casi el momento de su muerte en 1937. Aquellas cartas están archivadas en la Biblioteca John Hay de la Universidad Brown. H.P. Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island, donde pasó la mayor parte de su vida. Muy poco se sabe de su padre, Winthrop Lovecraft, vendedor viajero. Presumiblemente era algo parecido a un libertino (la reacción lógica de la actitud puritana de su mujer hacia el sexo), y fue llevado a una institución mental cuando Howard tenía tres años muriendo cinco años más tarde de paresia. Howard decía no conocer o se ocultaba a sí mismo la razón de la muerte de su padre, pero debió haber recibido algunas pistas o sospechado algo de la verdad, por lo que era extremadamente reticente respecto de su padre, y mencionarlo en su correspondencia era poco posible, mientras que sus historias se relacionaban en un grado sospechoso con los efectos de una herencia corrupta. Ahora no hay nadie que pueda declarar en defensa de Lovecraft padre; podría haber sido la figura patética y trágica del personaje Willy Loman en Muerte de un Vendedor Viajero. Y Howard podría haber heredado algo de sus asombrosas dotes mentales de él. Sin embargo, queda establecido que Winthrop Lovecraft no era un gran lector; la gran biblioteca de la casa venía del abuelo materno de Howard. La clave en la personalidad de Lovecraft es su madre, Sarah Philips Lovecraft. Mi conocimiento de ella es vago, y podría desvirtuar su memoria, pero la impresión que tengo es que ella era casi un monstruo, aunque un ser patético. Muy posiblemente deseaba el bien para su hijo, pero su influencia no pudo haber sido más deletérea. Hay evidencia de que era psiconeurótica y finalizó sus días, como su esposo, en un manicomio. Es muy probable que rechazara a su marido, al que debía considerar desde su perspectiva puritana como un incorregible libertino, para quien la paresia (el estado final de la sífilis) fue un apropiado final. Su comportamiento hacia el joven Howard era posiblemente motivado por un sentimiento inconsciente de venganza hacia su esposo y una determinación de que su hijo no seguiría sus pasos. Así Howard fue criado en el estricto código del gentleman victoriano, para quien el sexo era un sujeto inmencionable. La intelectualidad que demostró de forma temprana fue fervientemente estimulada; podía leer a los cuatro y fue animado a sumergirse en los volúmenes de la biblioteca de su abuelo, de tal manera que se convirtió en un niño prodigio, escribiendo su primera historia a los ocho años y editando un periódico amateur sobre astronomía a los once. Howard fue siempre un niño debilucho; como el padre de Elizabeth Barrett Browning, la señora Lovecraft era muy ansiosa respecto de su salud (lo urgía a beber leche, la que detestaba), pero que reforzó un régimen que sólo perpetuaba un estado de invalidez. La señora Lovecraft erróneamente creía que Howard llegaría a ser un gran poeta. Pero la lírica no era su fuerte, y los versos que produjo nunca fueron muy importantes. Su verdadera fortaleza -la escritura de cuentos de horror sobrenatural- no emergió hasta muchos años después de la muerte de su madre. En mi correspondencia con Lovecraft, cité una vez una obra de George Kelly, Craig’s Wife (La Esposa de Craig), como ejemplo de una mala sicología aplicada al personaje de la señora Craig, quien estaba apasionadamente interesada en la apariencia de su hogar al punto de excluir cualquier otra cosa, incluyendo a su marido -y ni hablar de los visitantes-; este subterfugio me pareció antinatural, dado que no creía que una mujer hiciera tal alarde de posesión. Pero Lovecraft defendió la caracterización de la Sra. Craig, escribiendo que él había conocido a esa mujer. No me di cuenta de que hablaba de su madre. Para la Sra. Lovecraft, en vez de desear exhibir a su hijo, desaprobaba las visitas. Howard debió haber sido un niño no deseado. Su madre, presumiblemente para traer de vuelta a su esposo, hablaba de él como un niño tan horrible como para no ser visto en compañía. Este juicio cruel no tenía la más mínima justificación física, debido a que Howard, aunque enfermizo, no era menos atractivo que cualquiera otra persona. Sería fácil para un sicólogo decir que Lovecraft soportaba un trauma desgarrador en su mente que afectaría su vida entera. Aún de adulto, Lovecraft prefería dormir y quedarse en casa con las persianas cerradas de día, saliendo por la noche a vagabundear las calles de Providence como un gato, y hacer mucha de sus obras durante la noche. Vivía la vida de un recluso, raramente visitado, y manteniendo contacto con el mundo principalmente a través de la extensa correspondencia con jóvenes escritores muchos de los cuales nunca vería. Es fácil ver paralelos aquí con el espantoso protagonista de su famosa historia, The Outsider (lit. El que mora afuera). Sería muy fácil establecer este “trauma” como explicación para la manera de comportarse de Lovecraft, pero existe una evidencia que parece desecharla completamente. Una fotografía. Para quien examine la fotografía de Sarah Phillips Lovecraft es claro ver que Howard tiene una notable semejanza con su madre. La Sra. Lovecraft difícilmente podría haber creído que su hijo que tanto se le parecía era “espantoso”. Uno debe buscar otras motivaciones dentro de su torcida mente. La mansión Lovecraft fue siempre esencialmente una casa de mujeres. La Sra. Lovecraft reprimía a Howard como una inmensa almohada, concentrando hacia ella su devoción e individualidad. Las únicas visitas regulares eran sus tías del lado materno, con las que viviría incluso después de la muerte de su madre. Una de sus tías, la señorita Gamwell, residiría con Lovecraft casi toda su vida adulta, cuidándose de los quehaceres de la casa. Ella le sobreviviría por pocos años. Sin embargo, Lovecraft debió haberse proyectado a través de sus lecturas con la leyenda del vampirismo sin reconocer, sí solo subconcientemente, al vampiro en su casa. Mucho antes que las exposiciones del hijo devorado por su madre como en The Silver Cord (La Cuerda de Plata) de Sidney Howard y Generation of Vipers (Generación de Vampiros) de Philip Wylie aparecieran, él presintió los intentos de su madre de afeminarlo, y fue cuidadoso en mantener algunos rasgos esencialmente masculinos, tales como el amor a las armas de fuego y su devoción a la tradición de las academias militares. La única guía masculina de Howard conocida en sus años tempranos fue la mano de su abuelo, a quien recordaba afectuosamente; infortunadamente, el abuelo murió antes de que su influencia correctiva pudiera tener mucho efecto. Lovecraft escribió sobre él (en una carta escrita a mí fechada el 4 de febrero de 1934): “Nunca oí cuentos de espanto en forma oral excepto de mi abuelo -quien, observando mis gustos en lecturas, usaba de idear toda suerte de historietas improvisadas y originales sobre bosques negros, cavernas insondables, horrores alados (como las ‘sombras nocturnas’ de mis sueños, de las que le he contado), viejas brujas con siniestros calderos, y ‘sonidos profundos, bajos y lastimeros’. Él obviamente sacaba la mayoría de su imaginería de las romanzas del Gótico Temprano -Radcliffe, Lewis, Maturin, etc.- lo que le parecía mucho mejor que Poe u otros fantasistas modernos. Fue la única otra persona que conocí -joven o vieja- que reparaba en la ficción macabra y horrorífica.” El abuelo ciertamente no influyó en los gustos de Lovecraft hacia lo mórbido, dado que el chico demostró un amor por el espanto desde el principio. Escribió lo siguiente en un ensayo muy temprano, Idealismo y Materialismo: “El escritor cita sus fantasías de infancia que ilustran muy bien la posición falsa del teísmo intuitivo”. Aunque hijo de un padre anglicano y madre bautista, de temprano acostumbrado a las pías historias de una educación ortodoxa, él nunca creyó en la mitología cristiana predominantemente abstracta y estéril. No obstante, era devoto de los cuentos de hadas y los entretenimientos de las Mil y Una Noches; ninguna de las cuales creía, pero que le parecían tan verdaderas como las de la Biblia, y mucho más atractivas. Luego, a una edad no mucho mayor de seis, tropieza con las leyendas de Grecia -de las que llegó a ser un verdadero y entusiasta pagano clásico. Ignorante aún de la ciencia, y leyendo todo lo que encontraba del período Greco-Romano, fue hasta los ocho años un absorto devoto de los viejos dioses; construyendo altares a Pan y Apolo, Atenea y Artemisa, y al benigno Saturno, quien dominó el mundo en la Edad de Oro. Y a veces esta creencia fue muy real en verdad. En un pasaje dice: “Existen momentos vívidos de campos y prados al atardecer cuando la ahora materialista mente que dicta estas líneas supo absolutamente que los antiguos dioses fueron reales. ¿No fueron sus ojos los que vieron, más allá de toda posibilidad de duda, las gráciles formas de dríadas medio confundidas con los troncos de los robles antiguos, o espió con claridad y certeza los faunos elusivos y pequeños y los viejos sátiros de pata de cabra saltar tan sigilosamente desde las sombras de una roca o matorral de éste al aquel? Él vio estas cosas tan naturalmente como vio las rocas y los matorrales mismos, y rió a pesar de los incrédulos, porque él sabía. Ahora se da cuenta que todo aquello que vio lo hizo con el ojo de la imaginación solamente; que su devoción a los dioses no era sino una fase temporal del emocionalismo y ensoñamiento infantil, para ser disipado con el tiempo y el conocimiento.” El amor protector, una de las más profundas formas de arrogancia, puede ser desastroso. Sarah Phillips Lovecraft estaba determinada a que su hijo fuera un genio de algún tipo u otro. Su insistencia a las lecciones de música, aunque su hijo casi no tuviera oído musical y que en su vida posterior fuera indiferente a la música, es típica. Una vez escribí a Howard sobre un tío mío que era un estupendo tenor lírico y que lo podría haber llevado al Metropolitan Opera House, pero que, sin embargo, prefería la compañía de los bares y los salones de pool. Lovecraft contestó, en una carta fechada el 8 de noviembre de 1933: “Siempre nos provoca ver un gran talento desperdiciado, y aún en muchos casos el hecho mismo arguye a alguna oculta cualidad antagonista al éxito. En una muy modesta escala yo soy un ejemplo de ello. Cuando tenía siete años me parece haber demostrado un notable talento para el violín. Tomé lecciones durante dos años con el mejor profesor en Providence. ¡Dioses, qué talento hubiese sido! Mi gusto por la música no es bueno, y (como su tío) busqué pasar buenos ratos con canciones populares antes que absorberme laboriosamente en las fundaciones del arte y trabajar en los clásicos. Para le edad de 9 años el campo entero de la música formal y la práctica del violín se volvieron tan odiosas que me sentía amenazado por mis requiebros nerviosos tan frecuentes en mi juventud. Por requerimiento del doctor las lecciones cesaron -¡y ese fue el fin de HPL como el gran rival de Kreisler!” Fue quizás un pesar inconsciente por el arte perdido que causaría que Lovecraft catalogara a La Música de Erich Zann en segundo lugar entre sus historias (El Color que cayó del Cielo fue la primera elección -juicio que ningún crítico comparte.) La Música de Erich Zann es uno de los mejores cuentos de su primera época, pero no es mejor que, digamos, El Modelo de Pickman. Lovecraft nunca abandonó la música en forma completa; en su adolescencia gustaba de cantar las canciones populares. Su memoria de las letras y de las fechas de publicación de las canciones siempre fueron asombrosas. Si las experiencias de la infancia de Lovecraft fueron tan traumáticas, como muchos comentadores sugieren, es raro que tan pocas de ellas estén reflejadas en sus historias. Hay mucho de autobiográfico en los escritos de Lovecraft, pero nunca escribió una novela o historia en la que un niño sea figura central. Los niños son casi inexistentes en sus cuentos; siempre describe el sombrío mundo de los adultos. Aún en sus obras de juventud, en las que algunos niños aparecen, no están atormentados o son víctimas obsesionadas. Es irónico que la primera historia de Lovecraft se haya llamado The Noble Eavesdropper (lit.: El que escucha tras la puerta), ya que nada se oponía más a su filosofía que curiosear en los asuntos de los demás. Tenía, es verdad, una mente muy inquisitiva, pero que se decantó hacia el campo de las ideas, nunca hacia la gente. Escribió que una vez estuvo entretenido con la idea del suicidio, pero el hecho de que de este modo se perdería de los últimos desarrollos de la ciencia le fue tan repugnante que desechó la idea inmediatamente. Howard hubiera fracasado miserablemente como reportero (a pesar de su agudo interés en el periodismo), porque tenía considerablemente menos de la normal curiosidad humana por la gente, y se inclinó hacia la correspondencia. Usar sus experiencias de vida en su obra literaria, como la mayoría de los escritores hacen, era para él el acto de un canalla; y la única intrusión literal que se le puede imputar era la casual conversación con extraños en vehículos públicos o en las calles. Esta noble reluctancia a inmiscuirse en la privacidad de los demás actuó en contra de sus caracterizaciones de personajes, porque simplemente no sabía bastante de la forma en que la gente habla o reacciona apropiadamente. Usaba el diálogo tan escasamente como fuera posible. Su oído estaba más adiestrado con las raras variaciones de los idiomas regionales que con las connotaciones emocionales. Era su creencia que la gente en la ficción sobrenatural no tenía relativamente ninguna importancia, que solo necesitaba ser una representación. HPL no tenía la inclinación ni la habilidad hacia la ficción naturalista. El día a día concerniente al hombre de la calle le parecía tan lejano como éste de Laplanders. Así que no hay compasión en Lovecraft para sus personajes, porque no significaban nada para él; solo eran víctimas con un destino ya marcado. Lo que le importaba puede ser leído en sus notas en una carta del 14 de octubre de 1931: “Mi idea de la esencia del relato de espanto es que se presente exitosamente una imagen de alguna violación impresionante del orden establecido de cosas -alguna derrota del tiempo, el espacio, o las leyes naturales, o alguna sutil intrusión de influencias desde otro orden imaginado de cosas dentro de éste tan familiar. Es difícil alcanzar este efecto con las trilladas propiedades de los viejos cuentos de fantasmas (con las que Derleth está tan a menudo contento), por tanto encuentro gran mérito en aquellos cuentos que llamo cósmicos -historias que nos traen claros recordatorios del insondable y vasto nicho del espacio que amenaza perpetuamente alrededor de nuestro insignificante grano de arena. Este es el único modo que se puede espantar y ser casi realista al mismo tiempo -suplementando la realidad antes que contradiciéndola. Pero a cada cual con sus gustos. Concuerdo con usted que el horror no es necesariamente un buen cuento de espanto -como prueba el grueso de la obra de Dunsany. He experimentado en dicha dirección, aunque sin ningún éxito. Toma una muy grande cantidad de sutileza y destreza que yo no poseo.” Algunos años después de la muerte de Lovecraft el dr. David H. Keller escribió un artículo sobre él en el que decía mucho de la paresis de Winthrop Lovecraft y sugería que éste había transmitido la sífilis a su esposa, en consecuencia causando la eventual desintegración de la mente de ella. Más adelante sugería que Lovecraft mismo podría haber sido víctima crónica del mal heredado, lo que explicaría mucho de sus achaques físicos, su disgusto por la actividad sexual, y su virtual retiro de la sociedad. Es una tesis convincente, pero que se desbarata completamente debido a evidencia médica. (Lovecraft murió del mal de Bright y cáncer intestinal.) Como se puede imaginar, el artículo del dr. Keller creó furor en los círculos de la fantasía. El círculo de admiradores y amigos de Lovecraft acudió en su defensa. Se hizo notar que el dr. Keller era un completo extraño al círculo y alguna traza de celos podría haber dictado su adverso psicoanálisis de la obra de Lovecraft, dado que el dr. Keller nunca gozó de gran popularidad entre los lectores de Weird Tales (una revista pulp en la cual aparecían como colaboradores regulares) que Lovecraft sí recibía. Las historias del dr. Keller frecuentemente tenían buenas ideas, pero que se estropeaban por la mediocridad de su ejecución. La teoría del dr. Keller puede ser aceptada en un solo punto. Evidencia interna de las historias mismas inclinarían al lector casual a concordar con su teoría. Las mujeres en las historias de Lovecraft son completamente asexuadas, debido a que la dominación de su madre arruinó para siempre cualquier gran urgencia sexual de su parte. Howard fue casi completamente indiferente a las figuras femeninas de la fantasía y la mitología que fascinaron a otros escritores: Circe, sirenas, lamias, ninfas y vampiresas. Y sus historias están llenas de referencias a la ascendencia corrupta. La Sombra sobre Innsmouth (que podría estar influída por Fishhead de Irvin S. Cobb) es una novela sobre una comunidad endógena que vive cerca del mar y tiene rasgos sospechosamente batracios y de pescado; y en el capítulo final el narrador descubre que él mismo lleva la sangre corrupta. No obstante, Lovecraft rechazó identificarse con el narrador en cualquier forma; escribió (en una carta del 14 de octubre de 1931): “La ciencia largo tiempo ha explotado el mito de que existe una insanía en el hecho de la descendencia entre parientes cercanos. En el Antiguo Egipto el matrimonio entre hermanos y hermanas fue muy común y no produjo ningún daño entonces. Lo que realmente hace una unión consanguínea es intensificar en la descendencia la fortaleza o la debilidad latente en la herencia que se posee.” Sin embargo los batracios habitantes de Innsmouth continúan largo tiempo en la memoria; sería muy fácil explicar el miedo inconsciente de Lovecraft hacia los símbolos uterinos que su madre creó en él, las horribles creaturas del profundo mar oscuro (el olor a pescado está vulgarmente asociado con la vagina.) Un sicoanalista también podría decir mucho sobre el título del cuento de Howard, The Outsider, diciendo que es una alusión recurrente a estar ocultamente enfermo o estar cayéndose a pedazos, en decadencia, indicando un soterrado temor de perjudicar a la persona amada. Los escritos de Howard estuvieron fuertemente influídos por Arthur Machen. Machen, hijo de clérigo, tuvo una educación similar a la de Lovecraft, y sus escritos están llenos de una sexualidad reprimida. Su historia, The Novel of the White Powder (lit: la novela del polvo blanco), en la que el protagonista luego de tomar una droga es reducido a un asqueroso moco blanco, ha sido interpretado como una fantasía masturbatoria de adolescencia (Lovecraft alcanza similar efecto en su Cool Air -Aire frío-), y otras historias como The Great God Pan (El Gran Dios Pan) y The White People (El Pueblo Blanco) apuntan a las orgías sexuales que Machen no temía escribir. Machen finalmente sublimó sus represiones al traducir las Memorias de Casanova, pero no hubo tal recurso disponible para Lovecraft. Aunque casi todos los demás escritores tenían a los seguidores de Cthulhu (en las numerosas historias de los Mitos de Cthulhu de Lovecraft) participando de inefablemente desvergonzados ritos orgiásticos, el pacato Howard evitaba cualquier mención al sexo. El lector puede usar su imaginación para intuir cuán perturbado estaba Howard. Como Machen, como Hawthorne, HPL no pudo soportar tratar directamente con los problemas sexuales en sus historias. Obviamente, para él el incesto era algo estremecedor; es el pecado encubierto en sus historias de comunidades corruptas. Sus cuentos casi siempre involucran una huída al final; pero no es de los monstruos que se huye realmente, sino de los pecados reales o imaginarios. Similarmente, la vida de HPL fue una larga huída de la sociedad. Curiosamente, Lovecraft no parece nunca haberse rebelado contra los estándares de moralidad de su madre. El mismo consideraba que era sexualmente frívolo. Este pasaje (de una carta enviada a mí datada el 14 de octubre de 1931) es muy reveladora: “Mientras que los sistemas tradicionales de la ética sexual están probablemente más que mal hechos, es más certero decir que existen avances que parecen que los reemplazarán, y es cierto que uno debe seguir el más sensible a menos que el temperamento lo hagan completamente impracticable. Hoy, el seguir un curso alternativo involucra mucho sentido común y furtividad ignominiosa que difícilmente puede ser recomendable para una persona de sensibilidad delicada excepto en casos extremos. Permanece aún por ver qué suerte de curso híbrido nos traerá el futuro. Ningún sistema concebible puede ser realmente perfecto, dado que existen emociones contrapuestas que hacen que existan conflictos incesables bajo los acuerdos; pero es posible que alguna mejora pueda ser hecha en el estado existente de las cosas -un estado cuya situación actual tiende a apartarla más y más de la forma nominal. En estos días transicionales las personas más afortunadas son aquellas de erotismo perezoso que desechan todo el confuso asunto y observan los retorcimientos de la mayoría primitiva desde la berma del camino con irónico desinterés. La experiencia sexual no es ciertamente necesaria para una buena escritura u otros empeños estéticos, aunque naturalmente al tratar seriamente la vida real uno debe obtener toda la experiencia y perspectiva que se pueda manejar. Soy contrario del tenor general del consejo de Derleth (mi nota: Derleth me aconsejó adquirir alguna experiencia sexual en un prostíbulo) de sugerir meramente que el grueso del trabajo relacionado con los detalles de las relaciones eróticas se pospone hasta después de que uno está domésticamente establecido en una forma aceptable. Ninguna experiencia debe ser apurada, sino que ciertos tipos de escritura deben ser aplazados. Nunca consideré que el experimento pre-marital mereciera la ignominia concomitante, y dudo mucho si hubiese triunfado. Por supuesto, puedo ver las diferencias en mi obra antes y después de mi matrimonio de algunos años -ninguna de mis transiciones estilísticas corresponden a algún cambio en mi estado biológico. Los cuentos de espanto, sin duda, funcionan en enorme grado en forma independiente de las circunstancias objetivas.” Muchos hombres sobreprotegidos en su juventud se tornaron homosexuales. La historia está llena de tales desviaciones con trasfondos similares al de Howard. Pero la idea le era completamente repugnante. Algunos aprendices de sicoanalistas, analizando el odio hacia los pervertidos de Howard (desaprobó a Hart Crane en Cleveland y atacó a Oscar Wilde a finales de los treinta), sus salidas nocturnas y su entusiasmo por los escritores jóvenes, sospecharían de una encubierta urgencia hacia la homosexualidad, como en Remembrances of Things Past de Saint-Loup o el mayordomo en Tea and Sympathy. Pero estarían muy equivocados. No existe ni pizca de evidencia para fomentar tal sospecha. Porque HPL era tan asexuado como cualquiera lo es en comparación con un eunuco; le parecía haber nacido frívolo. Su único lamentable intento de matrimonio (posiblemente para probarse que no estaba tan completamente afeminado por su madre) estuvo destinado al fracaso desde el principio. Desposó a Sonia Greene, una de sus clientes de revisión de los tempranos días de Weird Tales, y el matrimonio fue amigablemente disuelto algunos años más tarde. La gente que conoció a Howard en este período dice que parecía bastante contento y considerablemente de más robustez. La sra. Greene más tarde escribió un artículo para un volumen conmemorativo de Lovecraft; el artículo, lejos de ser hostil, revelaba muy poco. ___ (1) Este artículo está extraído de un libro recopilatorio de la correspondencia entre Lovecraft y su círculo. Selected Letters 1911-1924, Arkham House, 1966. Título Original : H.P. Lovecraft : The House and the Shadows, by J. Vernon Shea. © Mercury Press Inc., 1966. |
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Como comenté hace un tiempo, la Universidad Carlos III de Madrid ha celebrado unas Jornadas Hommenaje a H.P. LOVECRAFT.
Puedo decir en primerísima persona, pues mi espíritu estuvo presente durante las mismas, que se han cumplido ampliamente los objetivos previstos en tal evento conmemorativo alrededor del atemporal Maestro. "El horror sobrenatural: mito y literatura desde el otro lado" El Recluso |
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Sí, soy yo; siempre yo, una parte integrante de tu nimio universo obsesivo.
Soy yo quien acecha en las tinieblas de tu vida, estimada entidad desconocida aunque existente en ese islote de perversión y absoluta desesperación. Sé que sabes que soy yo, y por eso hoy me materializo ante tí. El Recluso |
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La vida privada de H.P. Lovecraft
Sonia H. Davis (esposa de HPL) Aspecto físico H. P. Se parecía muchísimo a su madre. Toda la familia tenía una mandíbula grande y prominente. Las mujeres de la familia tenían la mandíbula con una forma parecida, pero de tamaño menos pronunciado. Todos ellos tenían el labio superior extremadamente corto. Escolarización A H.P. no le enviaron a la escuela a una edad temprana, como a la mayoría de los chicos de su edad. Su madre le enseñó a leer y a escribir, así que cuando le enviaron a una escuela privada, sabía todo lo que tenía que saber en el ámbito escolar. Puesto que no era un chico demasiado fuerte ni con buena salud, no solía unirse a sus compañeros en sus juegos. Este hecho por sí mismo, más que ninguna otra razón, yo creo, fue el responsable de que se formara como un niño metido en sí mismo. Por entonces, era precozmente inteligente para su edad y tenía una naturaleza extremadamente sensible e imaginativa y, al no tener compañeros de juegos, de forma natural se volcó en los libros, que le haría parecer mucho mayor, más maduro, en aquellos tiernos años. El Recluso |
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La Universidad Carlos III de Madrid va a celebrar unas Jornadas:
INSTITUTO DE ESTUDIOS CLÁSICOS SOBRE LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA “LUCIO ANNEO SÉNECA” JORNADAS DE HOMENAJE A H.P. LOVECRAFT "El horror sobrenatural: mito y literatura desde el otro lado" Abril 2007 Pótumos homenajes en todos los confines del Universo; mi refulgente estrella vive en la atemporal eternidad. El Recluso |
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Después de algunos años H.P. se acostumbró a la pequeña casa de 5 habitaciones, situada en la calle Angell. ESA fue su casa hasta que se casó; y con el tiempo acabó por gustarle y sentirla como su propio hogar. Cuando llegó a la plena madurez, hablaba de la casa con un profundo afecto refiriéndose a ella como el "598" o "su bendito hogar".
NIÑEZ DE H.P. LOVECRAFT Una vez me enseñó un folleto en el que aparecía algunos bordados que estaban de moda por aquel entonces, a finales del siglo pasado (siglo XIX) entre las jóvenes de buena familia. También era aquella época, en la que estaba de moda, que las madres empezaban a poner el ajuar para sus hijas, antes de que nacieran. De esta manera, cuando la señora Winfield Scott Lovecraft estaba esperando su primer hijo, que ella deseaba que fuera una niña, aún así no se interrumpió, al nacer un varón, sino que el ajuar fue creciendo gradualmente, decidiendo que algún día se le entregaría a la esposa de Howard. (Pero todo eso se le devolvió más tarde). Cuando era un bebé, Howard parecía una hermosa niña pequeña. Tenía, a la tierna edad de tres años, una cabecita poblada de bucles muy rubios, de los que cualquier chica hubiera estado orgullosa. Estos bucles se mantuvieron. Howard me enseñó esos rizos trasquilados, que había llevado hasta los seis años. Cuando por fin protestó y quería que se los cortasen, así que su madre le llevó al barbero llorando amargamente y diciendo que era muy cruel que cortasen esos bellos rizos de su cabeza. Con los bucles rubios y sus profundos ojos castaños, todos los que se cruzaban se detenían para admirar a este niño tan hermoso. Me enseñó una foto suya de aquella época y me decía: "Y... ¡Mírame ahora!" Todas las fotos de niño mostraban a un chico bastante guapo. Él atribuía su actual fisonomía a dos incidentes: uno, cuando tenía 15 ó 16 años, iba corriendo en bicicleta con otro chico, se cayó y se rompió la nariz; el otro incidente, me dijo, se debía al hecho de que por las noches solía contemplar las estrellas con un telescopio, puesto que estaba muy interesado en la astronomía. Yo acepté las explicaciones de H.P como una muestra más de su sutil sentido del humor. El Recluso |
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Y sigo aquí… recibiendo eternamente la inspiración del profundo y atemporal cosmos en que habita mi morada. La parpadeante luz de las estrellas produce sombras al penetrar por mis acristalados y traslúcidos miradores al incomprensible Universo. Sombras que recrean mi inspiración en medio de mi amada y misteriosa noche eterna.
Y sigo aquí… esperando la común llamada de quienes incansables me mencionan y referencian desde sus secretas dimensiones. Por ellos permanezco inalterable en la plenitud que proporciona la imperecedera existencia. Siempre seguiré aquí… en mi Sighisoara atemporal desde donde escribo incansable todas aquellas ensoñaciones que me invaden y provocan existencias e inexistencias tan vívidas que debo trascribirlas en pergaminos de luz para que viajen a través de oníricos Universos de transparente nácar que invada el conocimiento cósmico y eterno. El Recluso |
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Navidad en casa del Abuelo Phillips
Por Sonia H. Davis H.P. Solía decirme cómo en vísperas de Navidad, los criados eran llamados al salón, donde ellos junto con la familia cantaban villancicos y antes de retirarse el Abuelo Phillips les daba a cada uno de ellos como aguinaldo un sobre con una generosa cantidad de dinero. ¡Qué felicidad solía sentir en estas reuniones familiares! Allí estaban la cocinera, el jardinero que también era carnicero, una doncella y el mozo de los establos. El abuelo les daba la mano a cada uno de la servidumbre y les deseaba una Feliz Navidad. Pero todo esto ocurrió, cuando Howard era un niño. ¡Qué recuerdos tan felices que él atesoraba en su memoria! El Recluso |
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La Vida Primada de H.P. Lovecraft
por Sonia Greene En uno de mis viajes a Providence, antes de que H.P. y yo estuviésemos casados, la Señora Gamwell y él me llevaron a la vieja mansión familiar, con hermosos y espaciosos terrenos y enormes establos (esto antes de que se convirtieran en un edificio moderno de oficinas), de los que hoy día tres de sus lados forman una calle con muchas casas. Con mucho pesar y todavía mostrando mucho orgullo la Señora Gamwell me enseñó en el bordillo de la acera el bloque de piedra con argollas donde se ataban a los caballos y amorosa y nostálgicamente le pasó la mano. Era la hora del crepúsculo entonces y no fui capaz de distinguirla con claridad, pero cuando giró la cabeza, creo que pude ver que intentaba ocultar sus lágrimas. El Recluso |
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La casa familiar de los Phillips en Providence era una gran mansión de tres plantas en el corazón de la calle de Angell, que por entonces se encontraba en un barrio elegante. Cuando la casa se vendió, se remodeló para alojar consultas de médicos. Esto ocurrió cuando los ingresos disminuyeron y no se pudo mantener una mansión de 15 habitaciones y varios criados, así que la familia se mudó al 598 de Angell Street.
Una vez H.P. me dijo que aunque era todavía un niño muy pequeño, sintió mucho la venta de esa casa y durante muchos meses iba allí y se sentaba en los escalones del porche. "¡ESA era su casa!" "La vida Privada de HPL" por Sonia Greene El Recluso |
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H.P. una vez me contó que por parte de los Phillips él procedía de una larga línea de personas muy cultas y educadas, entre los que se encontraban jueces , ministros de la iglesia, benefactores públicos y profesores. Uno de sus antepasados luchó en la Guerra de Independencia como oficial de la armada, otro fue uno de los firmantes de la Declaración de Independencia. El oficial de la armada del que era descendiente inmediato se llamaba Abraham Whipple, cuyo retrato se parece enormemente a H.P. tal y como podría aparecer en 1775. H.P. en una ocasión me enseñó una referencia de este antepasado en uno de sus libros, cuyo título no consigo recordar. Intenté encontrar algún dato de él en la biblioteca de la Quinta Avenida. Lo único que pude encontrar fue en el primer volumen del diccionario de la Biografía Norteamericana:
"Abraham Whipple, oficial revolucionario de la armada, nació en Providence, Rhode Island, el 16 de septiembre de 1773" etc. El abuelo de H.P. descendía de este antepasado y derivó su primer apellido o el nombre de pila de él. La abuela de H.P. era prima del Sr. Phillips. Cuando el Abuelo y la Abuela Phillips ("Gramp" y "Gram" Phillips, como H.P. solía llamarlos) murieron, todo lo que quedó de su herencia fue administrado por el abogado de la familia. S.G. El Recluso |
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LA VIDA PRIVADA DE H.P. LOVECRAFT
Por Sonia H. Davis El 20 de agosto, 1890, en la ciudad de Providence, Rhode Island, Howard Phillips Lovecraft vio por primera vez la luz. Su padre, Winfield Scott Lovecraft, había sido durante un tiempo un vendedor viajante de la Compañía Gorham, Plateros de los Estados Unidos de América. Susie Phillips, su madre, fue hija de Whipple Phillips, nacida y educada en Rhode Island. El señor Phillips poseía muchos acres de tierra en Providence y sus alrededores y fue por aquel entonces muy rico. Además de Susie, la segunda hija, había un hijo que murió a temprana edad y que, por lo tanto, no dejó rastro del apellido de la familia de los Phillips. De las tres hijas, la mayor, Lillian, casada con el Dr. Franklin Clark falleció cuando Howard era tan solo un chico. La más joven, Annie E., casada con el Sr. Gamwell, editor y dueño del Cambridge Tribune. El Recluso |
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Sobre el Género Epistolar de H.P. Lovecraft Lovecraft dedicaba la mitad de su tiempo a escribir cartas. Se calcula que llegan a las cien mil las que escribió durante su vida, lo que le obligaba a una media de ocho diarias. Mantenía correspondencia con mas de 50 personas a la vez, la mayoría aficionados al género fantástico, muchos de ellos también escritores. Sus cartas oscilaban entre las cuatro y las ocho páginas, pero algunas alcanzaron las sesenta. Escribía con letra menuda, a veces ilegible y, en ocasiones según su humor, las ilustraba con diversos dibujos. "Mis cartas -escribió a uno de sus amigos- constituyen una faceta más de mi gusto por lo antiguo. Como usted sabe, el arte epistolar fue asiduamente cultivado en el siglo XVIII, que es mi siglo predilecto". Y, un poco más abajo, confiesa: "Este intercambio de ideas me ayuda considerablemente a superar la estrechez de horizontes que siempre amenaza mi existencia de hombre solitario". Sus cartas eran realmente prodigiosas y en ellas hacía gala de una gran cultura, de inagotable fantasía e incluso de magnífico humor. Bautizó a sus corresponsales y amigos con nombres exóticos y sonoros: Frank Belknap Long se convirtió en "Belknapius", Donald Wandrei en "Melmoth", August Derleth en el "Conde d`Erlette", Clark Ashton |